Sol Ribotta tiene 25 años y hace menos de un año llegó a Neuquén para trabajar en Vaca Muerta. Antes de ponerse el casco en una locación, pasó por una capacitación de dos meses en Abu Dhabi, donde la empresa en la que trabaja la formó en equipos, operación, mantenimiento y cálculos de ingeniería vinculados con su línea de servicio.

Su historia comenzó lejos del movimiento petrolero neuquino. Alicia, su pueblo natal, está en el interior de Córdoba, tiene 4.000 habitantes, se ubica a 200 kilómetros de la capital provincial y vive principalmente de la agricultura y la ganadería. Allí cursó la escuela en un sistema pequeño, con dos primarias y una secundaria con orientación en ciencias naturales.

En su casa, estudiar después del colegio era parte del horizonte familiar. Su papá es contador, su mamá bioquímica y su hermano mayor estudió ciencias económicas. Sol recuerda una infancia muy linda y una idea que sus padres le transmitieron desde chica: terminar el secundario y seguir una carrera.

La elección llegó por una inquietud personal. Según contó a VacaMuerta.ar, le daba curiosidad saber cómo se fabricaban los productos de consumo cotidiano. Esa pregunta la llevó a investigar opciones y encontró en Ingeniería Química una carrera vinculada con procesos industriales, desarrollo de productos y distintos sectores productivos.

Se anotó en la UTN de Córdoba. El primer año fue difícil por el salto desde un secundario de pueblo a la universidad, especialmente al compararse con estudiantes que venían de colegios grandes y con más formación técnica. Sin embargo, el grupo reducido, los docentes cercanos y una dinámica de mucha convivencia hicieron más llevadero ese inicio. “Éramos poquitos, nos conocíamos entre todos. Eso lo hizo bastante más fácil”, recordó.

Durante la carrera viajó con sus compañeros a Misiones, Mendoza y Neuquén para visitar industrias, fábricas e instalaciones. En Mendoza conoció una refinería de YPF, una experiencia que le llamó la atención y que más tarde quedaría asociada a su interés por el sector. También le atraía la industria alimenticia, fue becaria en un laboratorio universitario asistiendo a una doctoranda y luego hizo una pasantía de un año y medio en el rubro automotriz.

El primer contacto con su actual empresa ocurrió en la facultad, durante una charla sobre un programa para jóvenes ingenieros. Allí habló con una persona de Recursos Humanos e intercambiaron datos. Después terminó la carrera, buscó trabajo en Córdoba y no encontró una propuesta que la convenciera. Cuando apareció una vacante en Neuquén, la llamaron. “La propuesta estaba muy buena, así que me cerraba por todos lados”, resumió.

En agosto del año pasado, con 24 años recién cumplidos, se instaló en Neuquén. Un mes después ya estaba haciendo guardia en el pozo. Antes, la empresa la envió a su casa central en Abu Dhabi para capacitarse. “Todo lo que aprendés en dos meses es muy poco tiempo, al final terminás de aprender en el pozo”, admitió.

Actualmente cumple un régimen de 14 días adentro por 7 afuera, con jornadas de 12 horas. Trabaja acompañada por un ingeniero experimentado, aunque ya asume casi la totalidad de las tareas del puesto. La base operativa está en Añelo. En los turnos diurnos sale del hotel junto a sus compañeros, llega al pozo a las 8 de la mañana y termina a las 8 de la noche. Luego vuelve, cena, intenta hacer actividad física, duerme y repite la rutina al día siguiente.

“Lo peor es que por ahí en 12 horas no te alcanza el tiempo para hacer todo”, dijo, sin plantearlo como queja sino como parte de la intensidad del trabajo.

Antes de llegar, Vaca Muerta era para ella una referencia lejana: algo sobre lo que había escuchado, leído o mencionado algún profesor en la facultad. “Nunca me imaginé estar ahí al lado de un pozo”, contó. Hoy ese escenario forma parte de su vida cotidiana, aunque asegura que todavía lo está descubriendo.

La adaptación a Neuquén tuvo distintos matices. La ciudad le pareció tranquila, ordenada, verde y silenciosa en comparación con Córdoba. También sintió que la gente era más fría al comienzo. Pero lo más complejo fue el régimen laboral, porque con 14 días de trabajo y 7 de descanso resulta difícil construir una rutina en el lugar donde vive.

En contrapartida, la convivencia con el equipo se volvió central. “Compartís tanto tiempo que es como una familia. Tenés que aprender a llevarte bien, a convivir, a compartir espacios”, explicó. En su caso, el ambiente laboral la ayudó a sostener jornadas largas y una dinámica exigente.

Otro aspecto de su experiencia es ser mujer en el pozo. Sol contó que muchas veces fue la única mujer en la locación. “Es bastante chocante”, dijo. Observa que la industria está cambiando, con más ingenieras, técnicas y operadoras, aunque también advierte que los cargos de decisión siguen ocupados mayoritariamente por varones y que aún hay detalles cotidianos que condicionan la comodidad de las mujeres para trabajar.

Cuando escucha a ingenieras con 20 o 30 años de trayectoria contar cómo era antes, reconoce que su camino se apoya en el recorrido que ellas abrieron. A menos de un año de haber ingresado a la industria, Sol Ribotta sostiene que Vaca Muerta no se entiende desde afuera y que el aprendizaje real ocurre en el pozo, donde la curiosidad que la llevó a estudiar Ingeniería Química sigue marcando su camino.