En la industria petrolera, especialmente en torno a Vaca Muerta, trabajar no siempre significa salir por la mañana y volver al hogar al final del día. Para muchos trabajadores, la vida se ordena a partir de diagramas como 14x7, 10x5 u otras variantes, con varios días consecutivos en el yacimiento y luego un período de franco en casa.

Esa dinámica, conocida como “subir y bajar”, puede resultar extraña para quienes no están familiarizados con el mundo petrolero. Así le ocurrió a un profesional recién llegado desde Buenos Aires al Alto Valle, cuando escuchó por primera vez en su consultorio a una mujer decir que su marido “subía y bajaba”. La expresión le resultó ajena hasta que entendió que entre una subida y una bajada podían pasar una o dos semanas.

Durante la permanencia en el yacimiento, las jornadas pueden extenderse 10, 12 o más horas. En algunos casos, además, se alternan turnos diurnos y nocturnos, lo que modifica por completo los horarios de descanso. Pero el cambio no se limita a la organización laboral: también transforma la manera de transitar la vida cotidiana.

Arriba están el pozo, la cuadrilla, los compañeros, los supervisores y una rutina intensa compartida durante muchos días. En ese espacio se construyen vínculos de confianza, solidaridad y compañerismo que, para muchos trabajadores, se parecen a una segunda familia.

Abajo aparece otro mundo: la pareja, los hijos, la familia, los amigos y las responsabilidades de todos los días. Cada regreso implica volver a acomodarse a ese universo, reencontrarse después de varios días, reorganizar rutinas y recuperar por un tiempo la presencia en el hogar.

El diagrama, entonces, no ordena únicamente el trabajo. También marca los tiempos familiares. Se repiten las despedidas, los bolsos preparados una y otra vez, las videollamadas, los silencios en la casa y los amaneceres vistos desde la ventanilla de una combi rumbo al yacimiento.

Con los años, este modo de vida deja huellas. Exige adaptación, acuerdos familiares y un equilibrio constante entre las demandas laborales y los afectos. Quienes trabajan bajo este sistema aprenden a convivir con los cambios de horario y también con la sensación de pertenecer, de alguna manera, a dos mundos distintos.

Preguntarse qué efectos tiene vivir durante años entre esos dos espacios puede ayudar a comprender mejor a quienes suben y bajan, y también a las familias que los esperan, los acompañan y aprenden a transitar ese ritmo particular de vida.